LA CHARCA Y LOS GRANOS
Carlos Cuadrado Gómez

Una
vez los tres cerditos llegaron a la charca de la rana encantada. ¡Qué susto se
llevaron! Ellos esperaban encontrar agua cristalina, cisnes entre los juncos y
pececillos de colores, pero aquello era un charco repugnante, inundado de
tetrabricks, plásticos de todos los colores y tamaños, latas de refrescos,
aceites flotantes, restos de pizza y neumáticos de coches.
Mientras
miraban aquel destrozo, se oyó el motor de un coche. «Escondámonos, viene
gente», dijo el cerdito mayor. Del coche se bajó un grupo de jóvenes. Uno de
ellos apuró una litrona, eructó como un hipopótamo y lanzó la botella a la
charca. Entonces un enorme grano le salió junto a la nariz. Los otros se
retorcían de risa al verle, aunque ellos también tenían la cara infectada de
granos. Después se fueron al coche, de donde salía una música estridente,
sacaron unas bolsas enormes de basura y las vaciaron en la charca. Los granos
de la cara se les reventaban, lanzando chorros de pus amarilla, azul y verde.
¡Qué asco! Y en el mismo sitio les salía otro grano más gordo. Luego se
marcharon.
Los
tres cerditos salieron de su escondite y contemplaron muy tristes el desastre
de la charca. Entonces llegó la rana encantada.
–¿Qué
está pasando, ranita? –le preguntó angustiado el cerdito mediano.
–¿De
verdad queréis que os lo cuente? –dijo la rana encantada.
–Sí,
por favor –respondieron a coro los cerditos.
–En
pocas palabras: que el alcalde Hans dio permiso para construir una urbanización
junto al bosque de Hamelin y, ya veis, los vecinos no hacen más que tirar
basura y no recogerla. Desde los más pequeños a los más viejos son descuidados,
perezosos y sucios.
–¿Es
que por aquí no pasan camiones de la basura? –preguntó el cerdito pequeño.
–Sí,
todas las noches, pero no dan abasto. Además han traído unos contenedores de
colores que están muertos de risa, vacíos como una cueva.
–¿Y
por qué?
–¡Qué
sabe nadie! –suspiró la rana encantada–. Pero no los usan y tiran la porquería
en cualquier lugar. Y está pasando otra cosa muy grave: como los personajes de
los cuentos estamos tan asustados, hemos desaparecido de los libros y los niños
no escuchan nuestras historias.
–¡Pero
eso es terrible! –dijo el cerdito mediano–. ¡Terrible, terrible, terrible!
¡Tenemos que pensar algo!
–Tranquilos,
amigos –dijo la rana encantada–, creo que la solución está en camino.
Esa
misma noche la urbanización se llenó de saltamontes azules, amarillos y verdes,
que comenzaron a mover sus alas y a hacer su sonido particular:
clip-clap-clip-clap-clip-clap. A partir de esa noche nadie pegó ojo en la
urbanización: les era imposible dormir con el ruido de los saltamontes y el
dolor que les producían los granos de la cara. Por el día, una nube de
saltamontes rodeaba a los guarros que arrojaban basura al suelo, que así se
veían desenmascarados. Y eso no era todo, la pus también les delataba: si
tiraban un papel al suelo, se les reventaba un grano de pus azul; si tiraban un
plástico, el chorro de pus era amarillo; y si lo que tiraban era una cáscara de
naranja o un cristal, el chorro era verde.
Un
día, un hermano mayor granujiento tiró por equivocación una botella de plástico
en el contenedor amarillo, e inmediatamente le desaparecieron bastantes granos
de la cara. «¿Cómo es posible?», exclamó. «Ahora voy a tirar esta caja de
cartón en el contenedor azul, a ver qué pasa». Y le desaparecieron muchos
granos más, aunque no todos. Fue corriendo a decírselo a sus amigos, que
estaban tan desesperados como él. No le creyeron. Y se burlaban y le hacían
muecas en sus narices, hasta que una chica muy guapa, pero con la cara como una
paella, delante de todos, probó suerte: echó una lata en el contenedor amarillo,
y muchos granos se esfumaron al instante. Una amiga siguió su ejemplo, con idéntico
resultado. Entonces se corrió la voz y todos los granujosos andaban como locos
por las calles recogiendo basura y echándola en los contenedores: lo de papel,
en los contenedores azules; lo de plástico y de lata, en los contenedores
amarillos; la basura orgánica, en los contenedores verdes; todo lo de cristal,
en el contenedor de vidrio. Nadie tuvo que explicarles cómo había que hacerlo,
ellos solitos lo averiguaron.
La
urbanización quedó muy limpia y los saltamontes hacían menos ruido, pero los
granos de la cara, aunque ya eran muy poquitos, no desaparecían del todo. «¿Qué
más podemos hacer?», se preguntaban unos a otros.
Una
tarde, todos los saltamontes se reunieron en una rotonda a las afueras de la
urbanización. Desde allí salía el camino del bosque. Batieron sus alas,
clip-clap-clip-clap-clip-clap, y consiguieron llamar la atención de los
vecinos.
–¡Mirad
los saltamontes! ¡Vamos a seguirles! –dijo una ancianita que tenía granos en
las mejillas como una adolescente.
Los
saltamontes, con su clip-clap, les condujeron hasta la charca de la rana
encantada.
–¡Puaf,
qué repugnante! –dijo el joven de la litrona–. Ya no me da igual que la charca
esté tan sucia. ¡Vamos a limpiarla!
Se
metieron en la charca y fueron sacando toda la porquería hasta que no quedó ni
el plástico de una pajita de zumo. Cuando acabaron, se sintieron muy bien
viendo la charca limpia.
–Pasará
mucho tiempo hasta que vuelvan a la charca los cisnes y los peces. ¡Cuánto daño
hemos hecho! Pero más vale tarde que nunca –dijo una mujer.
Los
tres cerditos y la rana encantada, que estaban escondidos en la rama de un
árbol, observaron que, en ese momento, los granos de las caras desaparecieron
del todo y que los saltamontes volvían a
su color natural. Luego, en torno a la ancianita, todos se sentaron: niños,
jóvenes y mayores. Y la ancianita dulcemente empezó a decir: Había una vez tres cerditos muy limpios que
se construyeron tres casas: una de paja, otra de madera y otra de ladrillos.
Entonces
la rana encantada y los tres cerditos se miraron y dijeron a la vez:
–¡Uf, menos
mal!
Y,
colorín colorado, este cuento se ha acabado.