miércoles, 5 de noviembre de 2014

LA CHARCA Y LOS GRANOS

LA CHARCA Y LOS GRANOS
Carlos Cuadrado Gómez
            Una vez los tres cerditos llegaron a la charca de la rana encantada. ¡Qué susto se llevaron! Ellos esperaban encontrar agua cristalina, cisnes entre los juncos y pececillos de colores, pero aquello era un charco repugnante, inundado de tetrabricks, plásticos de todos los colores y tamaños, latas de refrescos, aceites flotantes, restos de pizza y neumáticos de coches.
            Mientras miraban aquel destrozo, se oyó el motor de un coche. «Escondámonos, viene gente», dijo el cerdito mayor. Del coche se bajó un grupo de jóvenes. Uno de ellos apuró una litrona, eructó como un hipopótamo y lanzó la botella a la charca. Entonces un enorme grano le salió junto a la nariz. Los otros se retorcían de risa al verle, aunque ellos también tenían la cara infectada de granos. Después se fueron al coche, de donde salía una música estridente, sacaron unas bolsas enormes de basura y las vaciaron en la charca. Los granos de la cara se les reventaban, lanzando chorros de pus amarilla, azul y verde. ¡Qué asco! Y en el mismo sitio les salía otro grano más gordo. Luego se marcharon.
            Los tres cerditos salieron de su escondite y contemplaron muy tristes el desastre de la charca. Entonces llegó la rana encantada.
            –¿Qué está pasando, ranita? –le preguntó angustiado el cerdito mediano.
            –¿De verdad queréis que os lo cuente? –dijo la rana encantada.
            –Sí, por favor –respondieron a coro los cerditos.
            –En pocas palabras: que el alcalde Hans dio permiso para construir una urbanización junto al bosque de Hamelin y, ya veis, los vecinos no hacen más que tirar basura y no recogerla. Desde los más pequeños a los más viejos son descuidados, perezosos y sucios.
            –¿Es que por aquí no pasan camiones de la basura? –preguntó el cerdito pequeño.
            –Sí, todas las noches, pero no dan abasto. Además han traído unos contenedores de colores que están muertos de risa, vacíos como una cueva.
            –¿Y por qué?
            –¡Qué sabe nadie! –suspiró la rana encantada–. Pero no los usan y tiran la porquería en cualquier lugar. Y está pasando otra cosa muy grave: como los personajes de los cuentos estamos tan asustados, hemos desaparecido de los libros y los niños no escuchan nuestras historias.
            –¡Pero eso es terrible! –dijo el cerdito mediano–. ¡Terrible, terrible, terrible! ¡Tenemos que pensar algo!
            –Tranquilos, amigos –dijo la rana encantada–, creo que la solución está en camino.
            Esa misma noche la urbanización se llenó de saltamontes azules, amarillos y verdes, que comenzaron a mover sus alas y a hacer su sonido particular: clip-clap-clip-clap-clip-clap. A partir de esa noche nadie pegó ojo en la urbanización: les era imposible dormir con el ruido de los saltamontes y el dolor que les producían los granos de la cara. Por el día, una nube de saltamontes rodeaba a los guarros que arrojaban basura al suelo, que así se veían desenmascarados. Y eso no era todo, la pus también les delataba: si tiraban un papel al suelo, se les reventaba un grano de pus azul; si tiraban un plástico, el chorro de pus era amarillo; y si lo que tiraban era una cáscara de naranja o un cristal, el chorro era verde.
            Un día, un hermano mayor granujiento tiró por equivocación una botella de plástico en el contenedor amarillo, e inmediatamente le desaparecieron bastantes granos de la cara. «¿Cómo es posible?», exclamó. «Ahora voy a tirar esta caja de cartón en el contenedor azul, a ver qué pasa». Y le desaparecieron muchos granos más, aunque no todos. Fue corriendo a decírselo a sus amigos, que estaban tan desesperados como él. No le creyeron. Y se burlaban y le hacían muecas en sus narices, hasta que una chica muy guapa, pero con la cara como una paella, delante de todos, probó suerte: echó una lata en el contenedor amarillo, y muchos granos se esfumaron al instante. Una amiga siguió su ejemplo, con idéntico resultado. Entonces se corrió la voz y todos los granujosos andaban como locos por las calles recogiendo basura y echándola en los contenedores: lo de papel, en los contenedores azules; lo de plástico y de lata, en los contenedores amarillos; la basura orgánica, en los contenedores verdes; todo lo de cristal, en el contenedor de vidrio. Nadie tuvo que explicarles cómo había que hacerlo, ellos solitos lo averiguaron.
            La urbanización quedó muy limpia y los saltamontes hacían menos ruido, pero los granos de la cara, aunque ya eran muy poquitos, no desaparecían del todo. «¿Qué más podemos hacer?», se preguntaban unos a otros.
            Una tarde, todos los saltamontes se reunieron en una rotonda a las afueras de la urbanización. Desde allí salía el camino del bosque. Batieron sus alas, clip-clap-clip-clap-clip-clap, y consiguieron llamar la atención de los vecinos.
            –¡Mirad los saltamontes! ¡Vamos a seguirles! –dijo una ancianita que tenía granos en las mejillas como una adolescente.
            Los saltamontes, con su clip-clap, les condujeron hasta la charca de la rana encantada.
            –¡Puaf, qué repugnante! –dijo el joven de la litrona–. Ya no me da igual que la charca esté tan sucia. ¡Vamos a limpiarla!
            Se metieron en la charca y fueron sacando toda la porquería hasta que no quedó ni el plástico de una pajita de zumo. Cuando acabaron, se sintieron muy bien viendo la charca limpia.
            –Pasará mucho tiempo hasta que vuelvan a la charca los cisnes y los peces. ¡Cuánto daño hemos hecho! Pero más vale tarde que nunca –dijo una mujer.
            Los tres cerditos y la rana encantada, que estaban escondidos en la rama de un árbol, observaron que, en ese momento, los granos de las caras desaparecieron del todo  y que los saltamontes volvían a su color natural. Luego, en torno a la ancianita, todos se sentaron: niños, jóvenes y mayores. Y la ancianita dulcemente empezó a decir: Había una vez tres cerditos muy limpios que se construyeron tres casas: una de paja, otra de madera y otra de ladrillos.
            Entonces la rana encantada y los tres cerditos se miraron y dijeron a la vez:
–¡Uf, menos mal!

            Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.